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«LA OBRA NO ES EL FINAL, ES EL COMIENZO»: SOCIOLOGÍA PONE EN DEBATE EL FUTURO DE LOS PROYECTOS DE AGUA Y SANEAMIENTO

  • septiembre 14, 2026

El I Ciclo de Conversatorios “Voces Sociológicas” cuestiona la mirada que reduce estos proyectos a infraestructura y pone el foco en el territorio, las relaciones de poder, la organización comunitaria y el cambio de comportamientos.

Cajamarca, septiembre de 2026.– Hay una pregunta que se repite entre quienes trabajan en agua y saneamiento: ¿por qué proyectos que sí cuentan con infraestructura terminan, con el tiempo, fallando, generando conflictos o simplemente dejando de funcionar? No es un problema técnico: las tuberías están bien instaladas y el expediente se ejecutó tal como fue diseñado. Y aun así, algo falla.

Esa pregunta fue el hilo conductor del I Ciclo de Conversatorios Sociológicos “Voces Sociológicas – La Gestión Social en Proyectos de Agua y Saneamiento”, organizado por el Colegio de Sociólogos del Perú – Región Cajamarca entre el 2 y el 8 de septiembre. A lo largo de cinco sesiones quedó una idea concreta: un proyecto no se sostiene solo con cemento, tuberías o reservorios. También necesita territorio, organización, confianza y participación real de la gente. Y esa social suele ser la que menos presupuesto, menos tiempo y menos atención recibe.

El ciclo avanzó por cinco temas encadenados: diagnóstico social y territorial; gestión social del agua, participación y gobernanza; organización comunitaria y sostenibilidad; actores, conflictos y gestión social; y educación sanitaria y cambio de comportamientos. Cada sesión aportó una pieza de un mismo rompecabezas: cómo lograr que un proyecto de agua no sea solo una obra que se inaugura, sino un servicio que la gente sostiene en el tiempo.

Antes de la obra, entender el territorio

Uno de los puntos que más se repitió fue la necesidad de cambiar el orden en que normalmente se hacen las cosas. La lógica habitual empieza por el expediente técnico y deja lo social como un requisito paralelo, casi administrativo. El ciclo propuso invertir ese orden.

Antes de diseñar una obra, una capacitación o cualquier estrategia participativa, hay que conocer el territorio: cómo vive la gente, cuáles son sus dinámicas sociales, su cultura, sus actividades económicas, su historia y su relación cotidiana con el agua. Sin ese conocimiento, hasta la mejor infraestructura corre el riesgo de no encajar con la forma en que la comunidad realmente vive y se organiza.

Eso significa que el diagnóstico social no puede quedarse en levantar datos para llenar un formato. Tiene que abrir espacio para que las propias comunidades participen en entender sus problemas, no solo en reportarlos. Un diagnóstico hecho con la comunidad, y no solo sobre la comunidad, cambia por completo el punto de partida de un proyecto.

Informar no es lo mismo que participar

Otro tema que generó bastante discusión fue la diferencia entre informar, consultar y hacer participar de verdad a la población. Son tres cosas distintas, aunque en la práctica se suelen tratar como si fueran la misma.

Durante el debate se planteó algo incómodo para muchos proyectos: buena parte de los procesos que se llaman “participativos” en realidad se quedan en informar o, como mucho, en consultar. Se avisa lo que se va a hacer, se recogen algunas opiniones, y de ahí en adelante las decisiones ya están tomadas. La participación real es otra cosa: que la gente pueda incidir efectivamente en las decisiones, construir acuerdos junto con quienes ejecutan el proyecto y asumir responsabilidades concretas sobre el servicio.

Por eso se insistió en que la gestión social no puede ser un requisito que se marca en una lista de cumplimiento. Tiene que traducirse en cambios reales sobre cómo se gestiona el agua y qué tan buenos son los servicios. Si la participación no modifica nada en la práctica, entonces no fue participación: fue un trámite.

Anticipar el conflicto, no esperar a que estalle

Uno de los conversatorios metió un tema que rara vez se aborda con la seriedad que merece: las relaciones de poder dentro de un territorio. Todo territorio tiene actores con distintos intereses, distinta capacidad de influencia y distinta relación con el agua, y esas diferencias no desaparecen porque un proyecto llegue con buenas intenciones.

Se planteó que el mapeo de actores es una herramienta central para la gestión social, porque permite ver a tiempo quién tiene qué rol, qué intereses, cuánto poder y cómo se relacionan entre ellos, antes de que el proyecto arranque. Usado bien, ese análisis sirve para prevenir riesgos en lugar de solo reaccionar cuando el conflicto ya estalló y las posiciones ya se endurecieron.

También se sostuvo que buena parte del rechazo a los proyectos nace de la falta de información y de participación desde el inicio, no de una oposición de fondo al proyecto mismo. El punto quedó claro: comunicar bien, involucrar a la gente desde temprano y tener canales claros para quejas y consultas es, en sí mismo, parte de la gestión social.

De beneficiario a dueño del servicio

Una de las reflexiones más fuertes del ciclo tuvo que ver con la sostenibilidad de las organizaciones comunitarias, esas juntas administradoras que quedan a cargo del sistema de agua una vez que la obra se entrega.

Se planteó como un cambio de mentalidad necesario: pasar de una cultura de “beneficiario” a una de “propietario” del servicio. Es decir, que la comunidad no vea el sistema de agua como algo del Estado, de una ONG o de quien construyó la obra, sino como algo suyo, que necesita cuidado, organización, financiamiento propio y mantenimiento constante. Mientras el sistema se perciba como ajeno, nadie se hace cargo de verdad cuando algo falla.

Desde esa mirada, el trabajo de quienes acompañan socialmente un proyecto tampoco puede terminar cuando termina la obra. Esa labor debe fortalecer capacidades reales en la comunidad, porque en algún momento el proyecto se retira y quien queda a cargo del servicio es la propia gente.

La prueba real empieza cuando se va la maquinaria

El último conversatorio llevó la conversación a uno de los puntos más difíciles de todo el ciclo: cómo lograr que la gente cambie hábitos relacionados con el agua, la higiene y el saneamiento, que suelen estar entre los más arraigados y los más lentos de modificar.

Ahí se puso en duda algo bastante común en el diseño de proyectos: pensar que una charla o un taller bastan para cambiar una práctica que lleva años, a veces generaciones, instalada en la vida cotidiana de una comunidad.

Se explicó que informar no garantiza que la gente adopte una práctica saludable, porque los comportamientos están atados a costumbres, cultura, situación económica y particularidades propias de cada comunidad. La propuesta fue dejar el modelo de “charla y listo” y avanzar hacia procesos más largos y trabajados, que acompañen a las personas el tiempo necesario para que una nueva práctica realmente se quede, y no solo se mencione en un informe de cierre.

Se agregó algo igual de importante: hacen falta indicadores que permitan comprobar si esos cambios ocurren de verdad y si se mantienen después de que el proyecto termina, no solo mientras dura la intervención.

Una manera distinta de mirar la gestión social

Al final, las cinco sesiones no funcionaron como charlas sueltas, sino como una ruta con sentido propio: entender el territorio, mapear actores y relaciones de poder, lograr una participación que sirva de algo, fortalecer la organización comunitaria, adelantarse a los conflictos y acompañar el cambio de hábitos que hace que un sistema de agua se sostenga en el tiempo.

Esa mirada le da a la Sociología, y a la gestión social en general, un rol que va más allá de acompañar la ejecución de una obra: análisis del territorio, facilitación de procesos, articulación entre actores, construcción de confianza y gestión temprana de conflictos.

Como quedó dicho en varias de las intervenciones, el reto no es llegar al territorio creyendo que ya se tienen todas las respuestas desde un escritorio, sino escuchar, entender las relaciones de poder que existen ahí y construir soluciones junto con la comunidad.

El Colegio de Sociólogos del Perú – Región Cajamarca considera que esta reflexión debe continuar, sobre todo porque el país todavía tiene pendiente el reto de lograr servicios de agua y saneamiento que funcionen de verdad y respondan a la realidad concreta de cada territorio.

CONVERSARON:

Jeny Martha Vigo Centurión, Elton Lazo Gallardo, Peter Eduardo Chávez Castro, Oscar Rufino Cholán Valdez, Jheni Thalís Horna Cotrina, Yeison Vásquez Castillo, Rosa Verónica Delgado Carranza, Juan Carlos Alcántara Zonac, Macky Aldiana Terán Pita, Jeyner Vaca Ramos, Jaime Regalado Rodrigo, Juan Manuel Martos Ugaz, Eduar Huamán Ortiz, Elías Cachi Chiclote y Walter Carrasco Mendoza.

Colegio de Sociólogos del Perú – Región Cajamarca

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